No me importa si no me quieres, el quererte me sirve para escribir. Para sacarme los fantasmas y convertirlos en palabras, para tratar de medio inmortalizar lo que siento. Para exorcizar a la nada, al vacío. Para ahuyentar los temores, para recordarte mientras te olvido. Para olvidarte mientras te recuerdo.
Escribir, escribir.
Para salvarme, para salvarnos. Para sacarme las ganas que tengo de pensar en ti. Para pensar en mí.
Me sirve, me sirve.
Para parar el tiempo, o adelantarlo y luego retroceder. El lápiz corre o mis dedos en el teclado. Más rápido, más de prisa. Que el pensamiento vuela y las ideas también. ¿Qué somos? Miradas ¿Hacia dónde vamos? Hacia el fin del mundo. ¿Me miras? Te miro... Y más tarde te escribo.
domingo, 9 de julio de 2017
Me sirve...
martes, 27 de junio de 2017
Me muero
Me muero en insomnio de luz encendida, en pena de amor que todavía no es (y ni se sabe si llegará a ser).
Me muero en suspiros que se hacen de hielo, en frases tristes, en fragmentos de libros. En cielo-rasos de madera con sus estrellas de plástico, en paredes de cielo; en palabras al vacío.
Me muero mirando por la ventana, contando las luces de un puñado de lámparas, respirando la noche al asomar la cabeza, con un poquito de miedo a la oscuridad. Sintiendo la ausencia de las estrellas en ese cielo nublado, ese cielo callado.
Me muero despacio, a puerta cerrada, sin ponerme todavía la pijama. Sobre la cama, sintiendo frío, pero sin querer alcanzar el abrigo.
Me muero con hambre de media noche, con sed de palabras. Con esperanzas inútiles, rememorando tu mirada.
domingo, 25 de junio de 2017
De mirarte de lejos
Me muero de mirarte de lejos, de sonreírte a escondidas. De visitar tu perfil de Instagram, de pasarme las noches construyendo castillos en el aire. Imaginándome cosas que no han pasado pero que parecen tan reales. Es como si te conociera de antes. Ilógico e irreal. ¿En otra vida, quizás? Tú y yo, el chico despeinado y la chica de los lentes.
Es verte y enseguida sentir ese hueco en el estómago. Es sentirme tonta porque es imposible saber si lo sientes también.
Es sentirme eufórica porque me has mirado y después tirarme desde lo alto del edificio de esa alegría al pensar que tal vez todo me lo esté imaginando.
Es un sueño de azúcar y después una lluvia de desilusión. Es un cristal que se rompe y se recompone y de nuevo otra vez.
Si no fuera tan tímida, si no fueras tan tímido...
Cuando te miro te desvaneces, solo quedan tus ojos. Café oscuro, casi negros. Ahí. Infinitos. La distancia se desaparece, nos vamos a otra dimensión. Al menos yo me voy cuando te miro a los ojos; no sé si tú también vas conmigo o si tengo demasiada imaginación... Cómo quisiera saber lo que piensas, aunque fuera sólo por un segundo. Un instante en tu cabeza para saber si te tengo que sacar de la mía o si te sigo soñando...
viernes, 23 de junio de 2017
Mirarla
La vi por primera vez en un autobús. Pero si alguien me preguntara exactamente cuándo, no sabría responder.
Supongo que comencé a notar su presencia gradualmente, como cuando empiezan las lluvias y el césped se va tiñendo de verde. Fue una lenta y discreta transformación.
La vi por primera vez un día que estaba aburrido y cansado, de pie en mitad del autobús. Medio aplastado por la gente a eso de las 5:00 pm.
Ella estaba en un asiento al lado de la ventana, con expresión indescifrable mirando hacia afuera. No me pareció guapa, no me pareció fea. Sólo la observé.
Cuando observamos a alguien por varios días, nos vamos dando cuenta poco a poco de sus hábitos. Eso empezó a pasarme a mí. Yo siempre subía tarde al bus, usualmente quedaba en la mitad, atrapado entre la gente. Y ella estaba siempre ahí, en el tercer o cuarto asiento después del espacio para personas en silla de ruedas. Supuse que se trataba de una chica de rutinas.
Después de un mes, la buscaba, siempre al subir al autobús; y ella siempre por ahí. Mirarla era como una especie de control de daños, la veía y sabía que al menos una de las variables de mi vida seguía en su sitio. Como cuando vas a comprar una película y te alegras porque el tipo que te las vende ya sabe que vas los viernes. Probablemente empecé a verla como una conocida. La miraba una, dos veces y eso era todo. Eso era suficiente para que todo siguiera igual.
Una de tantas tardes, no llevaba sus auriculares puestos, tampoco miraba por la ventana. Sus ojos se pasearon alrededor. Sentí que me miraba. Toda ella ojos castaños, detrás de unos lentes de aros negros.
A veces no iba en el bus, pero tampoco era una catástrofe, porque igualmente no la observaba todo el tiempo. Mis ojos caían en ella, sí, pero seguían su recorrido, por fuerza de costumbre. Yo también llevaba auriculares, y me perdía en la música. Me perdía, tratando de encontrarme. Buscándome en un mar de palabras atrapadas en canciones.
De vez en cuando no la encontraba, y sólo la veía cuando ya me iba a bajar. Eso siempre era una bonita sorpresa, como cuando te asomas por la ventana y te das cuenta de que ha florecido tu planta favorita. Mis ojos se topaban con ella de pronto. Y todo yo sonreía por dentro sin darme cuenta siquiera.
Una ventana abierta, el viento le alborotaba los cabellos. Al principio ella se los retiraba del rostro, pero al cabo de un rato se aburría y sólo cuando los mechones negros le tapaban totalmente la cara; los apartaba. Un movimiento fluído. Me pareció hermosa por un instante. Luego fui yo quien apartó ese pensamiento con un movimiento mecánico.
Al menos dos veces por semana se sentaba con alguna amiga, conversaban la mayor parte del camino. Me alegraba verla acompañada, aunque en realidad ella parecía disfrutar de igual manera su viaje en solitario. Me agradaba mirarla observándolo todo o cerrando los ojos mientras sentía la música. Me agradaba mirarla de cualquier modo , incluso medio dormida.
Tiempo después me di cuenta de que esa chica me gustaba. Demasiado en realidad. Se me aceleraba el pulso y una sensación de ir de bajada en la montaña rusa se apoderaba de mí en cuanto la tenía cerca.
Los fines de semana se me hacían eternos y los domingos los pasaba con la secreta alegría de sentir el lunes cerca. Me planteé varias veces cambiarme de mi colegio al suyo. Pero la parte racional de mi mente me decía que era ilógico dejarlo todo por esa chica sin nombre en mi cabeza.
Y los días corrían, los autobuses pasaban y yo me moría anhelando su mirada.
¿Cómo acercarme a ella? ¿Cómo? Si aunque viajara en el mismo autobús que yo, sentía que éramos incluso de distintas galaxias. Ni siquiera sabía su nombre. No sabía prácticamente nada.
Y me sentía estúpido por el hecho de que me gustara tanto. El solo mirarla aunque fuera una vez al día ponía mi mundo de cabeza. Me dejaba su imagen grabada a fuego en la retina y ahí se quedaba... Podían haber mil chicas más guapas en mi colegio y yo podía ver su belleza, pero nada conseguía que me olvidara de ella. De. Esa. Chica.
Un día la miré y me devolvió la mirada... Y sonrió... Juro que en ese momento el tiempo se detuvo y luego se rebobinó hacia atrás, hasta llegar al punto en que no había nada... y después la gran explosión. El Big Bang, el universo expandiéndose a partir de su sonrisa.
domingo, 11 de junio de 2017
Sueña...
Porque sabe que a veces un cruce de miradas vale más que mil palabras.
Sabe también que una sonrisa a hurtadillas vale por diez. Que unos versos sin buena métrica son más bonitos que unos perfectos endecasílabos, si lo que dicen lo ha escrito el corazón.
Sabe que hay "te quieros" que significan "te amo" y mucho más; y que hay "te amos" que no dicen nada.
Que hay gente que besa con la mirada y labios que al besar no transmiten ni un solo sentimiento.
Quiere un amor de verdad, un amor de libro, que aunque no termine con un "felices por siempre"; le dé la garantía de haber vivido algo real...
viernes, 5 de mayo de 2017
Contacto visual.
Ojos cafés. Esa mirada. Aún la sentía, pero igualmente seguía sin entenderla. Un chico tan raro. Una chica tan rara. Contacto visual de verdad. Tan intenso que ella no sabría decir quién de los dos apartó la mirada primero y en qué momento. Y qué rayos había querido decir, o cuánto duró. Se le perdía el tiempo, ya no sabía ubicar el momento de manera cronológica.
Le gustaba, pero a la vez no. De todas maneras el chico ya tenía a alguien más. Eso le habían contando. Por fortuna aún no había tenido que verlos juntos.
Igualmente su cerebro y su corazón ya habían conversado. Sí, eran muy civilizados esos dos.
Ya ella estaba 70% segura de haberse olvidado de él. De todos modos unos cuantos cruces de miradas no significaban nada. Hacía dos semanas tal vez sí le hubieran quitado el sueño. Pero ya no. Poseía una gran capacidad de olvidar rápido, una mala memoria, o una buena memoria selectiva quizás.
sábado, 29 de abril de 2017
Instante
La noche no está cerca, la noche está encima. Se cierne despacio sobre nosotros, nos atrapa. Las estrellas sólo miran. Y callan, callan porque no tienen nada qué decirnos. Porque todo esto ya pasó. De vez en cuando un trozo de ellas se desprende y cruza el cielo por un instante, pero es solo eso: un instante en medio de la noche fría y del silencio. En medio del batir de alas que se escucha cerca, muy cerca ; pero que no me da miedo. Descubro eso con una sonrisa. Y me entran ganas de gritárselo al cielo.
Y las estrellas caen lentamente. Como desafiandome a gritarlo. Pero no. Mis labios están sellados. Y ahora la que calla y sólo mira soy yo. Lo hago como una revancha contra la nada. Contra esta nada que no es más que un segundo en medio de este tiempo que no termina.
He hecho un voto de silencio por esta noche, por lo que dure la madrugada; hasta que el sol se asome, hasta que la luz lo inunde todo. La risa no cuenta, porque está hecha de otra cosa que es superior a las palabras.
16 de enero 2017.
domingo, 23 de abril de 2017
Rabia y lágrimas...
Es verdad lo que dice Benjamin Alire Sáenz, «la peor parte de volverte loco es que cuando la locura ha pasado no sabes qué pensar de ti mismo »...
Ya no sé qué pensar. Qué decir.
De repente toda la rabia que no sabía que tenía dentro aparece y me cambia. Como si de pronto me convirtiera en Mr. Hyde. Llega y destruye todo a su paso, tira objetos, dice cosas hirientes, me lastima a mí misma... Lo digo en tercera persona, porque esa no soy yo. La verdadera yo, nunca, jamás, insultaría a alguien; preferiría quedarse callada. La verdadera yo no rompe cosas, no se lastima físicamente.
Lo peor de todo es que en medio de toda la locura, Mr. Hyde se acobarda y desaparece, dejando al Dr. Jekill solo. A mí sola. Y entonces sólo quedan las lágrimas, unas ganas enormes de llorar hasta que todo se esfume. Pasar el día conteniéndolas y por la noche ya no salen, ya no fluyen. Me dejan con el peso en el corazón, y las mejillas secas.
«Cuando quiero llorar no lloro,
Y a veces, lloro sin querer »
Diría Rubén Darío.
Otro que tiene razón, las lágrimas son caprichosas. Tremendamente caprichosas. Lo único que quieren es fluir, dejarse llevar. Empapar mejillas, enrojecer ojos. No comprenden que a veces una quiere esperar a romperse estando entre las cobijas, ahí donde es más fácil quedarse dormida. O a altas horas de la noche, cuando es poco probable que llegue alguien y pregunte la razón de tu llanto. Una razón que no es fácil decir. Porque a veces no se sabe.
«Tengo la teoría de que cuando uno llora, no llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento », dijo una vez Mario Benedetti... Afirmativo, las lágrimas atraen más lágrimas, la mayoría por cosas que ya pasaron; pero que aún duelen. Por esas heridas que siguen sangrando, por esas cosas que todavía lastiman.
Es como si se rompiera un dique.
Y llega esa marea que lo inunda todo. Que nos hace ver las cosas desde el umbral de la tristeza. Sin perspectiva.
La tristeza se expande primero de forma lenta, luego más aceleradamente. Sin que nos demos cuenta...
La tristeza es así,
se asoma por la ventana.
Se escurre bajo la puerta.
O toca.
Y cuando toca
llueven
Lágrimas.
miércoles, 19 de abril de 2017
Escribo
Escribo aunque las palabras no sean suficientes en estos tiempos grises. Aunque se escabullan como un susurro asustado en medio de la noche. Porque un susurro es mejor que sólo la oscuridad vacía. Porque decir poco es mejor que no decir nada, que callar.
Porque no todo es tan negro, ni tan gris.
A veces la vida se llena de tonos de color. Rojo, verde, azul, celeste...
Palabras.
Puede que las historias largas se me resistan, que mis personajes estén todavía medio desdibujados, que las escenas sean imprecisas; pero escribir me salvó... Y lo sigue haciendo.
Es como cuando de pronto alguien te pasa una única respuesta y tú de repente te acuerdas de toda la materia del examen. Escribir mueve mis engranajes. Ayuda a respirar. Porque cuando escribo no mando yo, sino las palabras, que aunque rebeldes; son lo mejor que tengo.
Puede también que mis escritos sean medio tristes o un poco dramáticos, pero es lo que hay. No me considero escritora, pero me gustaría llegar a serlo. Alguien dijo que un escritor no toma nota de la bondad o maldad ajenas, sino que busca en su propio corazón. Y yo busco. Y eso es lo que encuentro. Una aleación agridulce entre tristeza y alegría. Un contrapunto entre rendirse o seguir. Una forma de desafiar a la nada que quiere quedarse con todo.
Y tengo en mi cabeza un montón de historias que aún no sé cómo contar. Lo que importa es que están siempre conmigo. Que mientras voy en el autobús, llega de vez en cuando uno de mis personajes a conversar, a preguntarme cúando voy seguir con su historia. Y que sigo insistiendo, tratando de entender las palabras que llevo dentro, editando, corrigiendo o dejándolas como están...
Escribo...
domingo, 16 de abril de 2017
Mientras que...
Me pregunto cómo podemos estar tan tranquilos. Seguir subiendo fotos a Facebook con esas sonrisas prefabricadas, seguir compartiendo publicaciones estúpidas, mientras al otro lado del mundo hay muerte, hambre, tristeza, desesperación: hay guerra. Mientras que hay niños que no saben sonreír, y adultos que ya lo olvidaron. Mientras que las ciudades que antes fueron bellas ahora están destruidas. Mientras las armas llevan la voz cantante. Mientras bombardean pueblos y todo se cae a pedazos. Mientras los países grandes se pelean entre ellos y utilizan países inocentes para mover sus intereses. Mientras que la muerte visita a grandes y pequeños. Mientras la gente busca entre los escombros la libertad que les han robado. Mientras que la esperanza desaparece de los corazones. Y con razón.
Porque a nadie parece importarle. Lo vemos todo de lejos, escuchamos el número de muertes y lo vemos como una cifra más. Y la vida sigue para nosotros después de ver la noticia por la tele, pero para muchos su vida ha terminado. Sin ningún motivo. Por culpa de todos nosotros y de nuestra fría indiferencia. Porque existe una sed de violencia sin razón. Porque no hay pelea si el otro no quiere. Porque no habría guerra si todos quisiéramos la paz.
domingo, 9 de abril de 2017
Recuerdos disueltos.
— Nunca quise hacerte daño. Al menos no realmente...
Es el susurro que se oye en esa habitación a media luz. No se ve nadie pero se escucha. El aire está denso y cargado con un no se qué de tristeza, los recuerdos flotan y se difuminan.
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No sabría decir en qué momento inició todo esto. Empecé a tomar conciencia de mi existencia una noche en que él jugaba con su sobrino. Tenía una linterna y sus brazos , nada más. Él movía sus manos y yo movía las mías, que se reflejaban en la pared.
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Un rayo de sol se mete a hurtadillas por la persiana y acaricia el rostro inmóvil.
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De repente lo seguía a todos lados, siempre y cuando hubiera iluminación.
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Las partículas de polvo danzan en el rayito de sol.
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Sin propónermelo imitaba sus movimientos. Su silueta era la mía, mi silueta era la suya. Nos movíamos en sincronía.
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Se escucha un suspiro que llena la habitación. Parece no tener lugar de procedencia.
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Me gustaba acompañarlo a casi todos lados. Era yo quien lo escuchaba cuando estaba triste o enojado. Me encantaba su risa. Me agradaba su tono de voz.
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El rayo de sol se ha movido, ahora ilumina parte de su brazo.
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Amaba ir con él al colegio, casi siempre estaba sonriendo... Le hacíamos muchos favores a una chica.
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El tiempo avanza lentamente con paciencia excesiva, como si no quisiera darle paso a la oscuridad.
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En las noches él encendía la lámpara que había en su escritorio. Sacaba papel de color rosa pastel y tomaba la pluma. A veces escribíamos mucho, luego sus ojos se paseaban por las palabras. Pero el papel siempre terminaba arrugado en el basurero.
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Una sombra se pasea por la ventana, pero solo por un momento.
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Un día escribimos mucho rato. El papel acabó cuidadosamente doblado en algún lugar de su salveque. Amé su gesto de felicidad, debía ser algo bueno.
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Una fría brisa mueve ligeramente la persiana.
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El día siguiente fue nublado, no lo acompañé al colegio.
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Se suponía que a él le diera frío. Pero no.
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Regresó con una enorme sonrisa. La expresión de sus ojos era de pura felicidad. Sentí una especie de celos, yo no había estado ahí.
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Los minutos sonríen despiadados, como si supieran lo que va a suceder.
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Escribimos mucho, las palabras, que a mí me parecían indescifrables, llenaban más de dos páginas.
Empezó a leer en voz alta. Su voz sonaba aún más bella. Me miraba mientras lo hacía, fue maravilloso.
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Ahora silencio, mucho silencio; se extiende a saltos por la estancia.
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Él "me decía" que sentía mi presencia en todas partes, que le encantaba mi forma silenciosa de ser. Su mirada tierna al decirlo era indescriptible. Afirmaba que amaba mi sonrisa y mi esbelta figura. ¿Cómo podía amar mi figura?
No lo sabía, no me importaba. La felicidad me invadía... Duró tan poco tiempo.
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Una gota de desesperanza se funde con la amargura, y bailan lúgubremente al son de una extraña canción.
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Al llegar el receso fuimos a una zona verde, bajo el árbol de siempre. Ella llegó también. Sonreía, pero su sonrisa no era tan enorme como la de él.
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El baile acaba, la amargura se va, pero ha dejado un trozo de sí en el lugar.
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Es curioso como la felicidad puede alcanzar un punto tan alto y después desplomarse en un instante. Un instante ácido y doloroso, punzante.
Ocurrió cuando él tomo su cara entre sus manos. Y se acercó despacio. Cuando sus frentes estuvieron tan cerca y sus alientos se mezclaron. Cuando sus labios se rozaron.
No pude seguir mirando. Me marché y conmigo mi alegría, todo se desvaneció. Al igual que se desvanecen los monstruos de la habitación cuando ya ha amanecido. Nada queda, ya nada es real.
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Nada pasa. Todo está congelado, esperando.
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Sentía un inmenso vacío. Vagué sin rumbo y perdí la noción del tiempo. Mis pensamientos giraban en una enfermiza espiral.
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La espera continúa, impacientemente; eso sí.
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Pasó una semana. El dolor se convirtió en enojo, el enojo en rencor, el rencor en odio. Definitivamente el amor desapareció.
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Se escucha ruido en la calle. Parecen risas despreocupadas, de gente que no tiene idea de lo que sucedió.
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Me provocaba náuseas la sonrisa de ella. Esa sonrisa omnipresente, imborrable. Perenne. No se iba con nada, se intensificaba al estar cerca de él. O cuando escuchaba las frases que debían ser para mí.
El odio me quitaba la respiración, no me dejaba en paz.
Tomé una decisión. Uno de los dos tenía que desaparecer. No iba a ser yo.
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La gente se ha ido. Pero el eco de sus pasos se escucha todavía.
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Ese odio me fortaleció. Me hizo capaz de mover cosas. De materializarme por segundos.
Al darme cuenta de ello, una risa escandalosa y desagradable salió de la que ahora era mi boca. Y ella la escuchó.
Luego me torné invisible.
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Ahora la sombra camina despacio por la habitación. Se mueve con gracia y agilidad. Pero no puede escapar.
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Cada vez más minutos visible. Para mí significaban oportunidades. Probabilidades de acabar con él. Cada vez más grandes. Cada vez más cerca. La satisfacción me llenaba. La risa se oía más fuerte.
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La impaciencia la domina. Sabe que no hay nada qué hacer.
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El plan estaba listo. Todo perfecto, ni un detalle al azar. Yo sabía que él estaba buscando un departamento, ahora que iría a la universidad. Lo llamé. Me sabía de memoria su número de teléfono, cada dígito dolía.
Él iría a verlo esa misma tarde. Me moría de nervios por la anticipación.
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Ahora se sienta en una esquina, sin perderlo de vista. Como si eso sirviera de algo.
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Mi odio hacia ellos, hacia él, se mantenía. Me volvía sólida, visible. Aún así los espejos no me reflejaban.
Cuando me materializé vestía de negro. Como mis intenciones.
Tenía la piel asombrosamente blanca, pálida. Las uñas pintadas de rojo sangre y el cabello lizo y tan perfecto como mi plan.
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Lo mira una vez más, sus mirada se detiene en su rostro y luego, lentamente se desvía.
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Todo iba perfecto, de maravilla, el departamento le había encantado. Yo le había ofrecido café, el aceptó; como estaba previsto.
Una semilla de arrepentimiento brotó en mi mente. Entonces decidí darle una oportunidad.
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Es verdad que aquello no servía, pero parecía desacelerar los segundos.
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Empecé a coquetear con él. Me seguía el juego. Una luz de esperanza para mí, para él ; para nosotros, se encendió. Pero era débil muy muy débil.
Decidí "jugármela", la verdad sea dicha, no tenía nada que perder. Él sí. Se veía tan confiado. Sin saber que en su próximo acto estaría su salvación... O su condena.
****
El viento había vuelto. Desordenaba los cabellos del muchacho, le tapaban parcialmente la frente. Nadie los retiró.
*****
Me acerqué a él, lo intenté besar. Lentamente, con suavidad, como ella lo hacía... Me rechazó de forma brusca.
Tengo novia, me dijo, la amo; agregó. Acababa de firmar su sentencia. El arrepentimiento se esfumó.
*****
Soplaba con ímpetu, como ordenándole abrir sus ojos.
*****
Fingí una sonrisa, que debió verse siniestra, pues él se removió incómodo. No importó, ya nada importaba.
— No pasa nada. Si quieres ve a la sala. Tu café ya está casi listo. - Le dije -.
El infeliz me hizo caso. Se quedó de pie en la sala, mirando a través de la persiana abierta.
Sintió mi presencia tarde. Demasiado, diría yo. No le dio tiempo de reaccionar. Con un golpe seco en la sien y tan fuerte como el odio y el dolor de su rechazo... Lo derribé... y nunca más más volvió a moverse...
****
Los recuerdos disueltos en el aire también son arrastrados por el viento, que se los lleva lejos. Ahora solo quedo yo.
Me rememoro a mí misma diciéndole que nunca quise hacerle daño. Y es verdad.
Intento escapar, no puedo. No puedo despegarme de él, y no es porque no lo desee. Deseo desesperadamente haberme ido con los recuerdos. Pero no. Estoy presa en este sitio.
Lo he descubierto demasiado tarde. Cuando el sol se ponga, cuando la luz abandone esta habitación; desapareceré yo también. No estaré aquí por la mañana. Voy a esfumarme; y no quiero.
No obstante, nada puedo hacer. Solo lo miro e intento que eso ralentize los minutos. Me detengo en su rostro, pero las horas pasan, se escurren.
Y me siento estúpida porque debí saber que yo no soy más que su sombra.
Que yo no era más que eso.
Y la oscuridad llega...
...Diciembre 2016
viernes, 7 de abril de 2017
Rostro Difuminado
Deberías tener prohibido alterarme tanto. Por tu culpa siento una bandada de mariposas inquietas. Por tu culpa me quedo mirando a la nada, recordando. Tratando de traer a mi memoria un trocito de ti. Y entre más te pienso, menos logro ver tus rasgos. Y suspiro, porque te alejas en una nebulosa, tu rostro difuminado.
Parece que me miras y a la vez no.
Entonces dudo, y pienso ¿por qué tienes que gustarme? Si no sé casi nada de ti.
Si te veo de lejos, como un chico medio feliz, medio triste; también medio despeinado. Con cabello rebelde y sonrisa escurridiza. Con facciones casi comunes, pero un "no sé qué" que me atrae.
martes, 4 de abril de 2017
Queriendo querer
Estoy aquí
queriendo querer,
viendo parejas;
manos entrelazadas,
besos, abrazos,
susurros, palabras.
Observándolo todo
como
espectadora,
al margen,
Soñadora,
Sabiendo que el amor
no tiene sentido,
pero deseando
verme envuelta
en ese torbellino.
Suspirando y sonriendo.
Callando.
Mirando,
mirando.
P.D. Sí, otra vez ando flotando por la estratósfera...
sábado, 1 de abril de 2017
Mojarse un poco.
Ahí, viendo la vida pasar. Sintiendo que se le escurre entre los dedos. O mirando la única estrella de plástico en ese cielo raso de madera. Teniendo la sensación de que todo se le viene encima y que tratar de evitarlo sería como jugar al escondite con un león.
Un león que podría ser cualquier cosa: sus padres, un profesor gruñón, la tristeza sin motivo o tal vez la vida en general.
Y de repente se asoma a la ventana y la lluvia le pega en la cara. Le empaña los lentes y el viento le revuelve los cabellos. El agua se mezcla con sus lágrimas. Y justo en ese instante lo comprende absolutamente todo.
De nada sirve pelear contra lo inevitable. Te lastimas los puños intentando derrumbar una pared. Y es totalmente innecesario, porque al lado hay una puerta.
Entonces deja que las cosas vengan y resulta ser que no eran tan malas. Que la lluvia lava la cara. Que el viento deja un nuevo peinado. Y una nueva sonrisa. La sonrisa de una persona que acepta mojarse un poco.
viernes, 31 de marzo de 2017
Punto intermedio.
Una vez leí que para escribir sobre amor hay que estar enamorado, o con el corazón roto. Yo estoy en un punto intermedio, justo en la parte en la que no sé si te quiero o no. Si estoy triste o no. Si mi corazón está roto o no.
Aún no lo tengo claro. Algunas veces me sorprendo mirando la fotografía que aparece en tu perfil, viendo ese rostro tuyo que me parece perfecto. En otras ocasiones solo siento rabia hacia ti, y supongo que es porque estoy dolida o algo así.
La verdad no lo entiendo, todavía puedo ver tu hermosa sonrisa ; pero también me fijo en las tonterías que dices. Aún me gustan tus manos, pero no como antes.
Tal vez me estoy "desenamorando" lentamente, olvidando esos sentimientos y esas mariposas en el estómago. Dejando pasar el tiempo, haciendo que todo se convierta en un borrón de lo que antes fue. Dándole permiso a mi sonrisa para que se guarde donde estaba hasta que llegaste. Permitiendo que mis manos vayan olvidando lo que sentían cuando las estrechabas entre las tuyas. Consintiendo en que el olvido se lleve la sensación que tenía cuando nos abrazábamos.
Y entonces recuerdo el día en que todo terminó. Fue una pelea tonta: te grité y me gritaste de vuelta. No nos hablamos hasta una semana después, pero ya se había roto. Nada nunca vuelve a ser como antes era. Lo que casi teníamos se acabó antes de empezar.
Y aquí estoy, recordándolo todo; al final ya no sé si la culpa fue mía o tuya, Supongo que de los dos. También tengo algunas dudas: ¿pensarás tú en mi tanto como yo en ti? ¿Te cuesta olvidarme tanto como a mí?
Ojalá sea así.
15 enero 2017.
P.D: Por si a alguien le interesa, ya lo he superado...
lunes, 27 de marzo de 2017
Autobuses
A mí me parece que los autobuses tienen magia. Una magia extraña, distinta; no como la de los cuentos de hadas. Es como si el hecho de viajar en bus te diera ya una lección de esas que son gratis. Sólo hay que prestar atención.
Lección número uno:
Todo tiene un precio, al igual que el pasaje es más caro cuanto más lejos vas; el esfuerzo que le pongas a tu objetivo es el que dictamina hasta dónde puedes llegar. Las grandes distancias cuestan dinero. Las cosas buenas llevan trabajo.
Lección número dos:
Todo es temporal. Obviamente las personas forman parte de esta condición. Cuando vas en un autobús tu acompañante baja en el lugar que le corresponde. Así pasa con la vida: incluso los buenos amigos tienen rutas y proyectos distintos. La compañía varía, todo es parte de el gran viaje. Unas personas bajan antes, otras te acompañan hasta el final.
Lección número tres:
El camino es de gran importancia. No te pierdas de la vista por estar mirando sólo la carretera. Cuando miras por la ventana, observas por un instante una realidad diferente a la tuya. Lo mismo pasa con la vida, si te la pasas pensando exclusivamente en la meta final; sin fijarte en las pequeñas grandes cosas que te ofrece el día a día: te lo pierdes todo. Porque la belleza radica en las cosas pequeñas. Al final resulta que las cosas no son lo que esperabas, que lo importante estaba en el recorrido ; en el aprendizaje adquirido para llegar hasta ahí. No te encierres en tu realidad, hay personas valiosas a tu alrededor. Hay una bonita vista si te fijas por la ventana.
Lección número cuatro:
Puedes bajarte en el momento que quieras. Si decides desistir de tu proyecto es asunto tuyo. Lo único, es que acabas en medio de la carretera: esperando otro autobús. Y resulta que hay unos que pasan una vez al día. O una vez en la vida. No desperdicies las oportunidades, cuando estés a punto de rendirte ; piensa en lo que has tardado en llegar hasta ahí. Piensa que ya te falta menos. Puede que estés a unos quince minutos de tu destino.
Lección número cinco:
Hay obstáculos en la carretera. Podría tratarse de una reparación, un accidente o una presa simplemente. O quizás una mala nota, un mal negocio, un despido. Sea el inconveniente que sea, se debe tener presente que es también parte de el juego. Que las caídas nos legan muchas cosas, entre ellas una dosis de experiencia y otra de humildad. Además de una nueva perspectiva de las cosas. Hay que resaltar que la caída también es pasajera. Cuando menos te lo esperes el autobús estará avanzando de nuevo, si lo permites, claro.
Lección número seis:
Tarde o temprano se llega a la meta. Puede que el trayecto dure minutos u horas. O meses o años. Pero si eres paciente, si sabes esperar, si miras por la ventana: resulta que alcanzas tu objetivo. Y en ese momento te bajas del autobús para ir al colegio o al trabajo. O alcanzas tu cometido y sonríes porque valió la pena el viaje. El éxito sabe mejor si se ha disfrutado el recorrido.
sábado, 25 de marzo de 2017
Espejismo
Creo que ese día te vi, como un espejismo. Tan difusa y serena que no supe identificarte. Tan esplendorosa y lejana como una galaxia. Te miré sin verte, ese rostro tuyo se difuminaba en la distancia, tu cabello ¿sabré yo si eras tú? Se movía al son del viento, describía formas en el aire.
La brisa me llevó un trozo de tu voz, un pedazo de tu esencia. Y no lo escuché, me pareció un engaño. Una treta del tiempo. Y miré hacia otro lado, porque aunque hubieses sido tú ; ya no lo eras realmente. Ya no eras esa que amé.
jueves, 23 de marzo de 2017
La nada...
La nada está hecha de un montón de cosas que no son, que no fueron. Está hecha de ese grito que no diste porque te quedaste sin aliento. De esa lágrima que derramaste y que nadie vio. De esa palabra que se quedó atrapada en tus labios. De esa apuesta que perdiste contra el montón. De esa decisión que no tomaste, esa que otros tomaron por ti. También está hecha de esa canción que antes te gustaba, pero que ahora solo te trae malos recuerdos.
La nada está compuesta por los nombres que olvidaste. Por los mensajes que no enviaste, por las llamadas que no hiciste.
Está hecha de esa nube que no tiene forma. De ese árbol que no creció. De ese peldaño que falta en la escalera. De ese pupitre vacío.
La nada está hecha de hojas secas, de semillas sin germinar, de flores incompletas y de sonrisas que se borran.
Al final resulta... que la nada es un pedazo de nosotros.
24 de Enero, 2017.
sábado, 11 de marzo de 2017
De donde vengo...
Su vegetación consiste en una planta medio seca, que siempre me olvido de regar. Tiene también una ventana corrediza que da al espacio, al bosque, al desierto o a la sabana; según la ocasión.
Su geografía está compuesta por las cajas que tienen zapatos dentro, y una que otra esperanza. Hay además, una montaña que no es más que una cama y un edificio disfrazado de gavetero. En el edificio habitan libros, ropa, pijamas y cosas del colegio. En la azotea de ese sitio hay un reloj (que es caja de música y joyero a la vez) en el que siempre faltan 10 minutos para las 5... Aunque no sé bien si se detuvo en la madrugada o en medio de la tarde. Lo acompaña una bailarina, que me mira como si quisiera decirme algo; pero que sólo gira y gira...
Tengo también un portal secreto en la pared, por el que se asoma una que es parecida a mí; que viene, se peina y luego se marcha.
Por las noches presiono el interruptor y se despereza una luna que tiene forma de bombillo...
En mi cama reposan mis cobijas y almohada, además de Sonia, mi osa de peluche.
Al final estoy yo, contando las tablas del cielo raso (43), mirando por la ventana o sentada con un libro en las manos y una historia en la cabeza...
Por último estoy yo, en este sitio que es enorme por dentro, al final estoy en La Habitación al Lado de la Cocina...