Ahí, viendo la vida pasar. Sintiendo que se le escurre entre los dedos. O mirando la única estrella de plástico en ese cielo raso de madera. Teniendo la sensación de que todo se le viene encima y que tratar de evitarlo sería como jugar al escondite con un león.
Un león que podría ser cualquier cosa: sus padres, un profesor gruñón, la tristeza sin motivo o tal vez la vida en general.
Y de repente se asoma a la ventana y la lluvia le pega en la cara. Le empaña los lentes y el viento le revuelve los cabellos. El agua se mezcla con sus lágrimas. Y justo en ese instante lo comprende absolutamente todo.
De nada sirve pelear contra lo inevitable. Te lastimas los puños intentando derrumbar una pared. Y es totalmente innecesario, porque al lado hay una puerta.
Entonces deja que las cosas vengan y resulta ser que no eran tan malas. Que la lluvia lava la cara. Que el viento deja un nuevo peinado. Y una nueva sonrisa. La sonrisa de una persona que acepta mojarse un poco.
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