sábado, 29 de abril de 2017

Instante

La noche no está cerca, la noche está encima. Se cierne despacio sobre nosotros, nos atrapa. Las estrellas sólo miran. Y callan, callan porque no tienen nada qué decirnos. Porque todo esto ya pasó. De vez en cuando un trozo de ellas se desprende y cruza el cielo por un instante, pero es solo eso: un instante en medio de la noche fría y del silencio. En medio del batir de alas que se escucha cerca, muy cerca ; pero que no me da miedo. Descubro eso con una sonrisa. Y me entran ganas de gritárselo al cielo.

Y las estrellas caen lentamente. Como desafiandome a gritarlo. Pero no. Mis labios están sellados. Y ahora la que calla y sólo mira soy yo. Lo hago como una revancha contra la nada. Contra esta nada que no es más que un segundo en medio de este tiempo que no termina.

He hecho un voto de silencio por esta noche, por lo que dure la madrugada; hasta que el sol se asome, hasta que la luz lo inunde todo. La risa no cuenta, porque está hecha de otra cosa que es superior a las palabras.

16 de enero 2017.

domingo, 23 de abril de 2017

Rabia y lágrimas...

Es verdad lo que dice Benjamin Alire Sáenz, «la peor parte de volverte loco es que cuando la locura ha pasado no sabes qué pensar de ti mismo »...
Ya no sé qué pensar. Qué decir.
De repente toda la rabia que no sabía que tenía dentro aparece y me cambia. Como si de pronto me convirtiera en Mr. Hyde. Llega y destruye todo a su paso, tira objetos, dice cosas hirientes, me lastima a mí misma... Lo digo en tercera persona, porque esa no soy yo. La verdadera yo, nunca, jamás, insultaría a alguien; preferiría quedarse callada. La verdadera yo no rompe cosas, no se lastima físicamente.

Lo peor de todo es que en medio de toda la locura, Mr. Hyde se acobarda y desaparece, dejando al Dr. Jekill solo. A mí sola. Y entonces sólo quedan las lágrimas, unas ganas enormes de llorar hasta que todo se esfume. Pasar el día conteniéndolas y por la noche ya no salen, ya no fluyen. Me dejan con el peso en el corazón, y las mejillas secas.

«Cuando quiero llorar no lloro,
Y a veces, lloro sin querer »
Diría Rubén Darío.
Otro que tiene razón, las lágrimas son caprichosas. Tremendamente caprichosas. Lo único que quieren es fluir, dejarse llevar. Empapar mejillas, enrojecer ojos. No comprenden que a veces una quiere esperar a romperse estando entre las cobijas, ahí donde es más fácil quedarse dormida. O a altas horas de la noche, cuando es poco probable que llegue alguien y pregunte la razón de tu llanto. Una razón que no es fácil decir. Porque a veces no se sabe.

«Tengo la teoría de que cuando uno llora, no llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento », dijo una vez Mario Benedetti... Afirmativo, las lágrimas atraen más lágrimas, la mayoría por cosas que ya pasaron; pero que aún duelen. Por esas heridas que siguen sangrando, por esas cosas que todavía lastiman.
Es como si se rompiera un dique.
Y llega esa marea que lo inunda todo. Que nos hace ver las cosas desde el umbral de la tristeza. Sin perspectiva.

La tristeza se expande primero de forma lenta, luego más aceleradamente. Sin que nos demos cuenta...

La tristeza es así,
se asoma por la ventana.
Se escurre bajo la puerta.
O toca.
Y cuando toca
llueven
Lágrimas.

miércoles, 19 de abril de 2017

Escribo

Escribo aunque las palabras no sean suficientes en estos tiempos grises. Aunque se escabullan como un susurro asustado en medio de la noche. Porque un susurro es mejor que sólo la oscuridad vacía. Porque decir poco es mejor que no decir nada, que callar.

Porque no todo es tan negro, ni tan gris.
A veces la vida se llena de tonos de color. Rojo, verde, azul, celeste...
Palabras.
Puede que las historias largas se me resistan, que mis personajes estén todavía medio desdibujados, que las escenas sean imprecisas; pero escribir me salvó... Y lo sigue haciendo.
Es como cuando de pronto alguien te pasa una única respuesta y tú de repente te acuerdas de toda la materia del examen. Escribir mueve mis engranajes. Ayuda a respirar. Porque cuando escribo no mando yo, sino las palabras, que aunque rebeldes; son lo mejor que tengo.

Puede también que mis escritos sean medio tristes o un poco dramáticos, pero es lo que hay. No me considero escritora, pero me gustaría llegar a serlo. Alguien dijo que un escritor no toma nota de la bondad o maldad ajenas, sino que busca en su propio corazón. Y yo busco. Y eso es lo que encuentro. Una aleación agridulce entre tristeza y alegría. Un contrapunto entre rendirse o seguir. Una forma de desafiar a la nada que quiere quedarse con todo.

Y tengo en mi cabeza un montón de historias que aún no sé cómo contar. Lo que importa es que están siempre conmigo. Que mientras voy en el autobús, llega de vez en cuando uno de mis personajes a conversar, a preguntarme cúando voy seguir con su historia. Y que sigo insistiendo, tratando de entender las palabras que llevo dentro, editando, corrigiendo o dejándolas como están...

Escribo...

domingo, 16 de abril de 2017

Mientras que...

Me pregunto cómo podemos estar tan tranquilos. Seguir subiendo fotos a Facebook con esas sonrisas prefabricadas, seguir compartiendo publicaciones estúpidas, mientras al otro lado del mundo hay muerte, hambre, tristeza, desesperación: hay guerra. Mientras que hay niños que no saben sonreír, y adultos que ya lo olvidaron. Mientras que las ciudades que antes fueron bellas ahora están destruidas. Mientras las armas llevan la voz cantante. Mientras bombardean pueblos y todo se cae a pedazos. Mientras los países grandes se pelean entre ellos y utilizan países inocentes para mover sus intereses. Mientras que la muerte visita a grandes y pequeños. Mientras la gente busca entre los escombros la libertad que les han robado. Mientras que la esperanza desaparece de los corazones. Y con razón.
Porque a nadie parece importarle. Lo vemos todo de lejos, escuchamos el número de muertes y lo vemos como una cifra más. Y la vida sigue para nosotros después de ver la noticia por la tele, pero para muchos su vida ha terminado. Sin ningún motivo. Por culpa de todos nosotros y de nuestra fría indiferencia. Porque existe una sed de violencia sin razón. Porque no hay pelea si el otro no quiere. Porque no habría guerra si todos quisiéramos la paz.

domingo, 9 de abril de 2017

Recuerdos disueltos.

— Nunca quise hacerte daño. Al menos no realmente...

Es el susurro que se oye en esa habitación a media luz. No se ve nadie pero se escucha. El aire está denso y cargado con un no se qué de tristeza, los  recuerdos flotan y se difuminan.

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No sabría decir en qué momento inició todo esto. Empecé a tomar conciencia de mi existencia una noche en que él jugaba con su sobrino. Tenía una linterna y sus brazos , nada más. Él movía sus manos y yo movía las mías, que se reflejaban en la pared.

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Un rayo de sol se mete a hurtadillas por la persiana y acaricia el rostro inmóvil.

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De repente lo seguía a todos lados, siempre y cuando hubiera iluminación.

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Las partículas de polvo danzan en el rayito de sol.

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Sin propónermelo imitaba sus movimientos. Su silueta era la mía, mi silueta era la suya. Nos movíamos en sincronía.

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Se escucha un suspiro que llena la habitación. Parece no tener lugar de  procedencia.

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Me gustaba acompañarlo a casi todos lados. Era yo quien lo escuchaba cuando estaba triste o enojado. Me encantaba su risa. Me agradaba su tono de voz.

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El rayo de sol se ha movido, ahora ilumina parte de su brazo.

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Amaba ir con él al colegio, casi siempre estaba sonriendo... Le hacíamos muchos favores a una chica.

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El tiempo avanza lentamente con paciencia excesiva, como si no quisiera darle paso a la oscuridad.

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En las noches él encendía la lámpara que había en su escritorio. Sacaba papel de color rosa pastel y tomaba la pluma. A veces escribíamos mucho, luego sus ojos se paseaban por las palabras. Pero el papel siempre terminaba arrugado en el basurero.

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Una sombra se pasea por la ventana, pero solo por un momento.

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Un día escribimos mucho rato. El papel acabó cuidadosamente doblado en algún lugar de su salveque. Amé su gesto de felicidad, debía ser algo bueno.

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Una fría brisa mueve ligeramente la persiana.

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El día siguiente fue nublado, no lo acompañé al colegio.

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Se suponía que a él le diera frío. Pero no.

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Regresó con una enorme sonrisa. La expresión de sus ojos era de pura felicidad. Sentí una especie de celos, yo no había estado ahí.

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Los minutos sonríen despiadados, como si supieran lo que va a suceder.

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Escribimos mucho, las palabras, que a mí me parecían indescifrables, llenaban más de dos páginas.
Empezó a leer en voz alta. Su voz sonaba aún más bella. Me miraba mientras lo hacía, fue maravilloso.

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Ahora silencio, mucho silencio; se extiende a saltos por la estancia.

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Él "me decía" que sentía mi presencia en todas partes, que le encantaba mi forma silenciosa de ser. Su mirada tierna al decirlo era indescriptible. Afirmaba que amaba mi sonrisa y mi esbelta figura. ¿Cómo podía amar mi figura?

No lo sabía, no me importaba. La felicidad me invadía... Duró tan poco tiempo.

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Una gota de desesperanza se funde con la amargura, y bailan lúgubremente al son de una extraña canción.

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Al llegar el receso fuimos a una zona verde, bajo el árbol de siempre. Ella llegó también. Sonreía, pero su sonrisa no era tan enorme como la de él.

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El baile acaba, la amargura se va, pero ha dejado un trozo de sí en el lugar.

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Es curioso como la felicidad puede alcanzar un punto tan alto y después desplomarse en un instante. Un instante ácido y doloroso, punzante.

Ocurrió cuando él tomo su cara entre sus manos. Y se acercó despacio. Cuando sus frentes estuvieron tan cerca y sus alientos se mezclaron. Cuando sus labios se rozaron.

No pude seguir mirando. Me marché y conmigo mi alegría, todo se desvaneció. Al igual que se desvanecen los monstruos de la habitación cuando ya ha amanecido. Nada queda, ya nada es real.

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Nada pasa. Todo está congelado, esperando.

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Sentía un inmenso vacío. Vagué sin rumbo y perdí la noción del tiempo. Mis pensamientos giraban en una enfermiza espiral.

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La espera continúa, impacientemente; eso sí.

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Pasó una semana. El dolor se convirtió en enojo, el enojo en rencor, el rencor en odio. Definitivamente el amor desapareció.

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Se escucha ruido en la calle. Parecen risas despreocupadas, de gente que no tiene idea de lo que sucedió.

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Me provocaba náuseas la sonrisa de ella. Esa sonrisa omnipresente, imborrable. Perenne. No se iba con nada, se intensificaba al estar cerca de él. O cuando escuchaba las frases que debían ser para mí.

El odio me quitaba la respiración, no me dejaba en paz.

Tomé una decisión. Uno de los dos tenía que desaparecer. No iba a ser yo.

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La gente se ha ido. Pero el eco de sus pasos se escucha todavía.

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Ese odio me fortaleció. Me hizo capaz de mover cosas. De materializarme por segundos.

Al darme cuenta de ello, una risa escandalosa y desagradable salió de la que ahora era mi boca. Y ella la escuchó.

Luego me torné invisible.

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Ahora la sombra camina despacio por la habitación. Se mueve con gracia y agilidad. Pero no puede escapar.

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Cada vez más minutos visible. Para mí significaban oportunidades. Probabilidades de acabar con él. Cada vez más grandes. Cada vez más cerca. La satisfacción me llenaba. La risa se oía más fuerte.

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La impaciencia la domina. Sabe que no hay nada qué hacer.

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El plan estaba listo. Todo perfecto, ni un detalle al azar. Yo sabía que él estaba buscando un departamento, ahora que iría a la universidad. Lo llamé. Me sabía de memoria su número de teléfono, cada dígito dolía.

Él iría a verlo esa misma tarde. Me moría de nervios por la anticipación.

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Ahora se sienta en una esquina, sin perderlo de vista. Como si eso sirviera de algo.

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Mi odio hacia ellos, hacia él, se mantenía. Me volvía sólida, visible. Aún así los espejos no me reflejaban.

Cuando me materializé vestía de negro. Como mis intenciones.

Tenía la piel asombrosamente blanca, pálida. Las uñas pintadas de rojo sangre y el cabello lizo y tan perfecto como mi plan.

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Lo mira una vez más, sus mirada se detiene en su rostro y luego, lentamente se desvía.

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Todo iba perfecto, de maravilla, el departamento le había encantado. Yo le había ofrecido café, el aceptó; como estaba previsto.

Una semilla de arrepentimiento brotó en mi mente. Entonces decidí darle una oportunidad.

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Es verdad que aquello no servía, pero parecía desacelerar los segundos.

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Empecé a coquetear con él. Me seguía el juego. Una luz de esperanza para mí, para él ; para nosotros, se encendió. Pero era débil muy muy débil.

Decidí "jugármela", la verdad sea dicha, no tenía nada que perder. Él sí. Se veía tan confiado. Sin saber que en su próximo acto estaría su salvación... O su condena.

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El viento había vuelto. Desordenaba los cabellos del muchacho, le tapaban parcialmente la frente. Nadie los retiró.

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Me acerqué a él, lo intenté besar. Lentamente, con suavidad, como ella lo hacía... Me rechazó de forma brusca.

Tengo novia, me dijo, la amo; agregó. Acababa de firmar su sentencia. El arrepentimiento se esfumó.

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Soplaba con ímpetu, como ordenándole abrir sus ojos.

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Fingí una sonrisa, que debió verse siniestra, pues él se removió incómodo. No importó, ya nada importaba.

— No pasa nada. Si quieres ve a la sala. Tu café ya está casi listo. - Le dije -.

El infeliz me hizo caso. Se quedó de pie en la sala, mirando a través de la persiana abierta.

Sintió mi presencia tarde. Demasiado, diría yo. No le dio tiempo de reaccionar. Con un golpe seco en la sien y tan fuerte como el odio y el dolor de su rechazo... Lo derribé... y nunca más más volvió a moverse...

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Los recuerdos disueltos en el aire también son arrastrados por el viento, que se los lleva lejos. Ahora solo quedo yo.

Me rememoro a mí misma diciéndole que nunca quise hacerle daño. Y es verdad.

Intento escapar, no puedo. No puedo despegarme de él, y no es porque no lo desee. Deseo desesperadamente haberme ido con los recuerdos. Pero no. Estoy presa en este sitio.

Lo he descubierto demasiado tarde. Cuando el sol se ponga, cuando la luz abandone esta habitación; desapareceré yo también. No estaré aquí por la mañana. Voy a esfumarme; y no quiero.

No obstante, nada puedo hacer. Solo lo miro e intento que eso ralentize los minutos. Me detengo en su rostro, pero las horas pasan, se escurren.

Y me siento estúpida porque debí saber que yo no soy más que su sombra.

Que yo no era más que eso.

Y la oscuridad llega...

...Diciembre 2016

viernes, 7 de abril de 2017

Rostro Difuminado

Deberías tener prohibido alterarme tanto. Por tu culpa siento una bandada de mariposas inquietas. Por tu culpa me quedo mirando a la nada, recordando. Tratando de traer a mi memoria un trocito de ti. Y entre más te pienso, menos logro ver tus rasgos. Y suspiro, porque te alejas en una nebulosa, tu rostro difuminado.

Parece que me miras y a la vez no. 
Entonces dudo, y pienso ¿por qué tienes que gustarme? Si no sé casi nada de ti.
Si te veo de lejos, como un chico medio feliz, medio triste; también medio despeinado. Con cabello rebelde y sonrisa escurridiza. Con facciones casi comunes, pero un "no sé qué" que me atrae.

martes, 4 de abril de 2017

Queriendo querer

Estoy aquí 
queriendo querer,
viendo parejas;
manos entrelazadas,
besos, abrazos,
susurros, palabras.
Observándolo todo
como
espectadora,
al margen,
Soñadora,
Sabiendo que el amor
no tiene sentido,
pero deseando
verme envuelta
en ese torbellino.
Suspirando y sonriendo.
Callando.
Mirando,
mirando.

P.D. Sí, otra vez ando flotando por la estratósfera...

sábado, 1 de abril de 2017

Mojarse un poco.

Ahí, viendo la vida pasar. Sintiendo que  se le escurre entre los dedos. O mirando la única estrella de plástico en ese cielo raso de madera. Teniendo la sensación de que todo se le viene encima y que tratar de evitarlo sería como jugar al escondite con un león.

Un león que podría ser cualquier cosa: sus padres, un profesor gruñón, la tristeza sin motivo o tal vez la vida en general.

Y de repente se asoma a la ventana y la lluvia le pega en la cara. Le empaña los lentes y el viento le revuelve los cabellos. El agua se mezcla con sus lágrimas. Y justo en ese instante lo comprende absolutamente todo.

De nada sirve pelear contra lo inevitable. Te lastimas los puños intentando derrumbar una pared. Y es totalmente innecesario, porque al lado hay una puerta.

Entonces deja que las cosas vengan y resulta ser que no eran tan malas. Que la lluvia lava la cara. Que el viento deja un nuevo peinado. Y una nueva sonrisa. La sonrisa de una persona que acepta mojarse un poco.