martes, 27 de junio de 2017

Me muero

Me muero en insomnio de luz encendida, en pena de amor que todavía no es (y ni se sabe si llegará a ser).
Me muero en suspiros que se hacen de hielo, en frases tristes, en fragmentos de libros. En cielo-rasos de madera con sus estrellas de plástico, en paredes de cielo; en palabras al vacío.
Me muero mirando por la ventana, contando las luces de un puñado de lámparas, respirando la noche al asomar la cabeza, con un poquito de miedo a la oscuridad. Sintiendo la ausencia de las estrellas en ese cielo nublado, ese cielo callado.
Me muero despacio, a puerta cerrada, sin ponerme todavía la pijama. Sobre la cama, sintiendo frío, pero sin querer alcanzar el abrigo.
Me muero con hambre de media noche, con sed de palabras. Con esperanzas inútiles, rememorando tu mirada.

domingo, 25 de junio de 2017

De mirarte de lejos

Me muero de mirarte de lejos, de sonreírte a escondidas. De visitar tu perfil de Instagram, de pasarme las noches construyendo castillos en el aire. Imaginándome cosas que no han pasado pero que parecen tan reales. Es como si te conociera de antes. Ilógico e irreal. ¿En otra vida, quizás? Tú y yo, el chico despeinado y la chica de los lentes.
Es verte y enseguida sentir ese hueco en el estómago. Es sentirme tonta porque es imposible saber si lo sientes también.
Es sentirme eufórica porque me has mirado y después tirarme desde lo alto del edificio de esa alegría al pensar que tal vez todo me lo esté imaginando.

Es un sueño de azúcar y después una lluvia de desilusión. Es un cristal que se rompe y se recompone y de nuevo otra vez.

Si no fuera tan tímida, si no fueras tan tímido...

Cuando te miro te desvaneces, solo quedan tus ojos. Café oscuro, casi negros. Ahí. Infinitos. La distancia se desaparece, nos vamos a otra dimensión. Al menos yo me voy cuando te miro a los ojos; no sé si tú también vas conmigo o si tengo demasiada imaginación... Cómo quisiera saber lo que piensas, aunque fuera sólo por un segundo. Un instante en tu cabeza para saber si te tengo que sacar de la mía o si te sigo soñando...

viernes, 23 de junio de 2017

Mirarla

La vi por primera vez en un autobús. Pero si alguien me preguntara exactamente cuándo, no sabría responder.
Supongo que comencé a notar su presencia gradualmente, como cuando empiezan las lluvias y el césped se va tiñendo de verde. Fue una lenta y discreta transformación.

La vi por primera vez un día que estaba aburrido y cansado, de pie en mitad del autobús. Medio aplastado por la gente a eso de las 5:00 pm. 
Ella estaba en un asiento al lado de la ventana, con expresión indescifrable mirando hacia afuera. No me pareció guapa, no me pareció fea. Sólo la observé.

Cuando observamos a alguien por varios días, nos vamos dando cuenta poco a poco de sus hábitos. Eso empezó a pasarme a mí. Yo siempre subía tarde al bus, usualmente quedaba en la mitad, atrapado entre la gente. Y ella estaba siempre ahí, en el tercer o cuarto asiento después del espacio para personas en silla de ruedas. Supuse que se trataba de una chica de rutinas.
Después de un mes, la buscaba, siempre al subir al autobús; y ella siempre por ahí. Mirarla era como una especie de control de daños, la veía y sabía que al menos una de las variables de mi vida seguía en su sitio. Como cuando vas a comprar una película y te alegras porque el tipo que te las vende ya sabe que vas los viernes. Probablemente empecé a verla como una conocida. La miraba una, dos veces y eso era todo. Eso era suficiente para que todo siguiera igual.

Una de tantas tardes, no llevaba sus auriculares puestos, tampoco miraba por la ventana. Sus ojos se pasearon alrededor. Sentí que me miraba. Toda ella ojos castaños, detrás de unos lentes de aros negros.

A veces no iba en el bus, pero tampoco era una catástrofe, porque igualmente no la observaba todo el tiempo. Mis ojos caían en ella, sí, pero seguían su recorrido, por fuerza de costumbre. Yo también llevaba auriculares, y me perdía en la música. Me perdía, tratando de encontrarme. Buscándome en un mar de palabras atrapadas en canciones.

De vez en cuando no la encontraba, y sólo la veía cuando ya me iba a bajar.  Eso siempre era una bonita sorpresa, como cuando te asomas por la ventana y te das cuenta de que ha florecido tu planta favorita. Mis ojos se topaban con ella de pronto. Y todo yo sonreía por dentro sin darme cuenta siquiera.

Una ventana abierta, el viento le alborotaba los cabellos. Al principio ella se los retiraba del rostro, pero al cabo de un rato se aburría y sólo cuando los mechones negros le tapaban totalmente la cara; los apartaba. Un movimiento fluído. Me pareció hermosa por un instante. Luego fui yo quien apartó ese pensamiento con un movimiento mecánico.

Al menos dos veces por semana se sentaba con alguna amiga, conversaban la mayor parte del camino. Me alegraba verla acompañada, aunque en realidad ella parecía disfrutar de igual manera su viaje en solitario. Me agradaba mirarla observándolo todo o cerrando los ojos mientras sentía la música. Me agradaba mirarla de cualquier modo , incluso medio dormida.

Tiempo después me di cuenta de que  esa chica me gustaba. Demasiado en realidad. Se me aceleraba el pulso y una sensación de ir de bajada en la montaña rusa se apoderaba de mí en cuanto la tenía cerca.

Los fines de semana se me hacían eternos y los domingos los pasaba con la secreta alegría de sentir el lunes cerca. Me planteé varias veces cambiarme de mi colegio al suyo. Pero  la parte racional de mi mente me decía que era ilógico dejarlo todo por esa chica sin nombre en mi cabeza.

Y los días corrían, los autobuses pasaban y yo me moría anhelando su mirada.

¿Cómo acercarme a ella? ¿Cómo? Si aunque viajara en el mismo autobús que  yo, sentía que éramos incluso de distintas galaxias. Ni siquiera sabía su nombre. No sabía prácticamente nada.
Y me sentía estúpido por el hecho de que me gustara tanto. El solo mirarla aunque fuera una vez al día ponía mi mundo de cabeza. Me dejaba su imagen grabada a fuego en la retina y ahí se quedaba... Podían haber mil chicas más guapas en mi colegio y yo podía ver su belleza, pero nada conseguía que me olvidara de ella. De. Esa. Chica.

Un día la miré y me devolvió la mirada... Y sonrió... Juro que en ese momento el tiempo se detuvo y luego se rebobinó hacia atrás, hasta llegar al punto en que no había nada... y después la gran explosión. El Big Bang, el universo expandiéndose a partir de su sonrisa.

domingo, 11 de junio de 2017

Sueña...

Sueña con un amor para siempre, aunque este dure sólo un día. Porque sabe que el tiempo es relativo, que se extiende, que se alarga. Que se queda en pausa mientras dos bocas se rozan. Que los instantes se evaporan cuando miran un amor de verdad.
Porque sabe que a veces un cruce de miradas vale más que mil palabras.
Sabe también que una sonrisa a hurtadillas vale por diez. Que unos versos sin buena métrica son más bonitos que unos perfectos endecasílabos, si lo que dicen lo ha escrito el corazón.
Sabe que hay "te quieros" que significan "te amo"  y mucho más; y que hay "te amos" que no dicen nada.
Que hay gente que besa con la mirada y labios que al besar no transmiten ni un solo sentimiento.
Sólo quiere un amor de verdad, no busca flores ni regalos. Busca alguien que mire el mundo a su lado, que la tome de la mano mientras la tormenta pasa. Que la abrace y le haga saber que aunque de momento las cosas no estén bien, algún día lo estarán.
No quiere un final feliz, porque sabe que un amor así nunca se termina, aunque la relación acabe. Sabe que siempre quedarán los recuerdos y el sentimiento en la memoria y el corazón. Sabe que cuando se sienta sola, sólo tendrá que cerrar los ojos y recordarlo. Recordar que ha amado y que alguien la amó de vuelta.
Sabe que cuando la relación termine, lo llorará a mares, pero sabe también que vale la pena llorar por un amor así.
Quiere un amor de verdad, un amor de libro, que aunque no termine con un "felices por siempre"; le dé la garantía de haber vivido algo real...

P.D: He vuelto...